
28/04/2020
"Claves para pensar nuestra Autonomía Provincial"
Por la Lic. María Angélica Arias
Integrante del Centro de Estudios de Demografía y Población (CEDEP)
Para las primeras dos décadas del siglo XIX, la formación de un Estado Nacional Argentino unificado era todavía una materia inconclusa. Retomando aquella célebre metáfora de Chiaramonte, muchos de los actores políticos de la época seguían soñando con Rousseau. El gobierno revolucionario no había logrado reemplazar a las antiguas instituciones coloniales por otras bien consolidadas que facilitaran la tarea de construir un cuerpo político unificado en base al consenso. Además, la inexistencia de una clase social de amplitud nacional capaz de ser el sujeto histórico del proceso de construcción nacional, hacía que predominaran y se fortalecieran los particularismos regionales.
Para entonces, las provincias representaban las unidades sociopolíticas de máximo grado de cohesión social después de la caída del imperio español, remitiendo el vocablo “provincia” a la condición ambigua de “estado libre, independiente y soberano, que al mismo tiempo reconocía y se subordinaba a una unidad política mayor.” En este sentido, Halperín Donghi se refiere a la consagración de la primacía de la fragmentación sobre la unificación, materializada en la proliferación de los poderes provinciales y las autoridades locales de aplicación que se iban desarrollando a la sombra del poder central gracias a la coyuntura guerrera.
Los trabajos de Andrés Figueroa, Alén Lascano, María Cecilia Rossi, María Mercedes Tenti, entre otros destacados aportes de la historiografía local, destacan en este escenario, para el caso santiagueño, la emergencia de la figura del principal referente del proceso autonómico provincial, Juan Felipe Ibarra, quien en 1817 fue designado por Manuel Belgrano como Comandante General, al frente de 50 blandengues, del fuerte más importante que custodiaba las fronteras santiagueñas: la antigua reducción de Abipones.
Figura controversial y reiteradamente evocada en el imaginario colectivo local, Juan Felipe Ibarra logró movilizar a los sectores populares rurales que lo acompañaron con fuertes consensos para pelear en las guerras de independencia y el 27 de abril de 1820 declarar, junto a los sectores dominantes urbanos y el sólido respaldo de las masas rurales, la Autonomía Provincial, por la que se reconocía a Santiago del Estero como uno de los territorios del Río de la Plata cuya única autoridad sería el Congreso de los Estados que se reuniría para organizar la federación, ordenando la formación de una Junta Constitucional para dictar una Constitución provisoria y organizar la economía.
Pero no sería del todo acertado, a la hora de reflexionar sobre el proceso autonómico santiagueño, pasar por alto la impronta de Juan Francisco Borges, cuyas dos sublevaciones fueron los principales antecedentes de un conflicto que terminó de cristalizarse en 1820.
Desde 1814 el pueblo santiagueño se enfrentó a la incómoda disposición del Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas, de dividir a la Gobernación Intendencia de Salta del Tucumán en dos jurisdicciones, siendo una de ellas la Gobernación Intendencia de Tucumán, con capital en la ciudad de San Miguel de Tucumán y con potestad además sobre las ciudades de San Fernando del Valle de Catamarca y Santiago del Estero. Este decreto generó malestar y descontento en el cabildo santiagueño, que veía con malos ojos que se facultara a Tucumán para el cobro de impuestos y tributos, que luego no serían distribuidos equitativamente. Esto, más la asfixiante situación económica que vivía la provincia por su participación en las guerras de independencia y la proliferación de las ideas del federalismo Artiguista, coadyuvaron para la emergencia, consolidación y materialización de un espíritu autonomista, intérprete de los reclamos de las provincias interiores y defensor de los particularismos regionales, que tuvo sus primeras manifestaciones locales en las dos sublevaciones de Juan Francisco Borges y la declaración triunfal de la Autonomía Provincial, bajo la conducción de Juan Felipe Ibarra, en 1820. Alén Lascano, evocando aquel momento histórico, sostiene
“En medio de una suma de intereses ambivalentes, experimentados muchos en los fracasos anteriores de Borges, los notables del autonomismo doctrinario acordaron llamar al único hombre capaz de hacer realidad esos ideales. Así por consenso unánime la ciudadanía solicitaba el auxilio del comandante Ibarra y el centro de irradiación política pasó de la burguesía urbana a las masas periféricas y sus conductores naturales. Entró en el primer plano de la escena política el único caudillo rural prestigioso y con poder militar efectivo, quien habría de marchar sobre la ciudad con las espaldas cubiertas por todo un territorio que quedaba convulsionado y fervorizado a su paso.” (Luis Alén Lascano, Ibarra un caudillo norteño, Buenos Aires, Crisis, 1976)
A pocos días de celebrar el Bicentenario de la Declaración de la Autonomía Provincial y con el desafío académico que implica la realización del Primer Congreso Nacional de las Autonomías Provinciales, Santiago del Estero tiene la gran oportunidad de volver a pensar su propia Historia y como sugiere Joseph Fontana “ayudar a los hombres a que, a través del desciframiento de su pasado, comprendan las razones que explican su situación presente y las perspectivas de que deben partir en la elaboración de su futuro.”
Sobre la autora
La Lic. María Angélica Arias es egresada en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Becaria doctoral de CONICET. Doctoranda del Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Integrante del Centro de Estudios de Demografía y Población (CEDEP) de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE). Integrante del Programa de Investigación “Las conformaciones familiares de ayer y hoy” de la Universidad Nacional de la Plata (UNLP).